El libro que me devolvió a la senda de la lectura

A finales del pasado año 2015 me prometí que el 2016 sería, como el slogan de cierto partido político, “el año del cambio”. No iba mal encaminado el propósito de como iban pasando los días y yo sentía que la transformación se estaba produciendo pero…

Pero, de pronto, la cruda realidad hizo su acto de presencia como buenamente sabe hacer y me colocó en su sitio. El status quo había sido reestablecido por la diosa Karma en lo que dura un parpadeo. No lo podía creer, no quería creerlo; la sensación era como estar en arenas movedizas que cuando más intentas salir, más te hundes. Lo mismo.

Entonces, un día y con esta depresión encima, mi amigo Carlos del B. Iglesias estaba haciendo promoción de su primer libro La sonrisa del melón en Facebook cuando yo, con todo el optimismo que arrastraba esos días (nótese la ironía) le decía que “ojalá tuviera la misma pasión por leer que tenía hace unos años para leer su libro”. Cual sería mi sorpresa, que a los dos días me encontraba leyendo dicho libro, mayor aún fue la sorpresa de comprobar el como me enganchaba más y más a cada párrafo que leía. Digo sorpresa, porque un par de meses antes lo había intentado con Crónica de una muerte anunciada de Gabriel García Márquez y no llegué a pasar de la trigésima página. Eso, como ejemplo más próximo en el tiempo.

Desde entonces, y en lo que llevo de año, han caído La senda del perdedor de Charles Bukowski, La soledad de los números primos de Paolo Giordano y 1984 de George Orwell. Y ahora me encuentro intercambiando lecturas entre La Metamorfosis de franz Kafka y El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha de Miguel De Cervantes Saavedra; y todo gracias a mi amigo Carlos del cual he aprendido muchas cosas, pero el mostrarme como se regresa a la senda de la lectura es lo mejor que me ha enseñado nunca. Eternamente agradecido, prometo no volver a perderme.

El libro que me devolvió a la senda de la lectura

¿Cómo ves el vaso?

Desde hace varios años, puede que una década, ya no me acuerdo el día en el que mi visión del vaso hasta la mitad de agua no es la que se suele decir por norma general. No sé si me explico correctamente, es decir, cuando te preguntan si el vaso está medio lleno o medio vacío es porque eres una persona optimista o pesimista, respectivamente.

Pues bien, lo que intento decir es que yo siempre veo el vaso lleno hasta arriba del todo. No me acuerdo muy bien de cómo llegué a esa conclusión, ni del tiempo que llevo pensándolo. Pudiera ser que cuando daba física en el instituto, me dijeron que toda la materia ocupa un lugar y, por lo tanto, el espacio que hay sobre el agua está ocupado por aire porque, de otro modo, el agua “intentaría” ocupar ese lugar.

También es otra teoría el que yo siempre ande buscando las vueltas a las cosas para no seguir la corriente de la mayoría de la gente. Pudiera ser. No obstante, tengo otra tercera teoría por la cual ha sido una de mis mayores reglas de mi vida, aunque no siempre la he podido cumplir por causas de fuerza mayor.

Y esta es el no dejar nunca el optimismo y el buen humor de lado. Afrontar la vida siempre con una sonrisa en la cara, que nadie sea capaz de ver lo mal que lo estás pasando en un momento de tu vida. El alegrar con tu presencia a cuantos te rodean a lo largo de tu vida.

Eso es lo que te hace ver el vaso siempre lleno y rebosante, aunque el agua esté por la mitad; incluso, si la tiras por el desagüe de la cocina. Porque siempre quedará aire que ocupe ese recipiente cristalino y la sonrisa no se refractará con el agua, será auténtica.

¿Cómo ves el vaso?

Tropezar con la misma piedra

No aprendo, todavía sigo sin aprender. Siempre los mismos errores, las mismas ganas de querer esforzarme para no cometerlos y, aún así, se siguen sucediendo ¿Qué es lo que hago mal? ¿Tendré algún tipo de maldición? ¿Estoy condenado a errar eternamente? Ni idea.

Lo único que sé es que la mala suerte me ha acompañado durante toda mi vida y, al final, me he acostumbrado a convivir con ella. Ya se sabe, si no puedes con tu enemigo, únete a él. Así que, ahí sigo tropezando una y otra vez con la misma piedra; como si fuera un saltador de trampolín olímpico y tuviera que practicar la caída para que sea lo más perfecta posible sin cometer errores, ergo, los errores cometidos son cada vez mayores.

A veces, incluso, me gusta tanto la piedra que me la llevo conmigo. Y no, no es para recordar el error y no volver a cometerlo, si no para colocarla en el suelo y caer de nuevo en un ejercicio acrobático humano inimaginable. Lo que daría por encontrar un martillo que me ayudase a romper esa piedra a la que cada vez le voy cogiendo cariño.

De momento, seguiré en mi intento ineficaz de no tropezar con ella. Todos somos seres humanos y cometemos errores, pero algunos más que otros.

Tropezar con la misma piedra

Empiezo, que no es poco

Pues como bien dice el título, aquí empiezo estas andanzas en el mundo bloguero. La cuestión es que no me ha sido fácil hacerlo; bueno, sí lo ha sido en el concepto de dar cuatro clicks y ponerme a escribir estas líneas.

A lo que me refiero es a la capacidad mental de poder ponerme a escribir, es decir, a las ganas. Llevaba tiempo queriendo escribir cosas, pero nunca me sentía capacitado para poder hacerlo. Ya sea porque me consumiría tiempo del que, por desgracia o por fortuna, no disponía; de que tampoco consideraba que tuviera una buena capacidad de redacción o de que no fuera más allá de escribir cuatro cosas y dejar esto más abandonado que un coche robado en un descampado.

Pero si estoy escribiendo esto, es porque todos esos miedos han sido vencidos. Ahora tengo tiempo, tengo ganas y, sobre todo, me da igual la redacción que esto pueda tener; mi blog, mis normas.

Cabe aclarar, que esto lo hago por tener un sitio donde exponer todos los pensamientos, reflexiones, opiniones y experiencias sobre la vida en general. Espero poder pasármelo muy bien y traer muchas cosas.

Empiezo, que no es poco